El incumplimiento de este tratado -foedus amoris violatum- tendría que acarrear graves males (pérdida de belleza, sobre todo) al infractor.
Esse deos, i, crede: fidem iurata fefellit,et facies illi, quae fuit ante, manet!
quam longos habuit nondum periura capillos,
tam longos, postquam numina laesit, habet.
candida candorem roseo suffusa rubore
ante fuit; niveo lucet in ore rubor.
pes erat exiguus; pedis est artissima forma.
longa decensque fuit; longa decensque manet.
argutos habuit radiant ut sidus ocelli,
per quos mentita est perfida saepe mihi.
scilicet aeterni falsum iurare puellis
di quoque concedunt, formaque numen habet.
Ovidio, Amores, III, 3, 1-12.
Aunque soy un ferviente creyente en las enfermedades psicosomáticas –el cuerpo se rige por el principio de la homeostasis, es imposible engañarlo con argumentos racionales-, como Ovidio, siempre me pareció el foedus amoris algo exagerado, un pacto mítico, irreal. Vamos, un ejemplo más del miedo humano al más allá y a lo desconocido, y de su pareja necesidad de creer en dioses de grandes poderes para soportar esa incertidumbre.
Eso pensaba, hasta que las pústulas se apoderaron de ella, la primera vez que engañó a su amor, que se quiso engañar a sí misma.
Ojalá esta vez los dioses se apiaden de ella, dejadla, por lo más sagrado, tomad mi cuerpo en sacrificio, llevároslo si queréis, ya que mi alma está mortalmente herida.
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PD. Traducción, por si alguien no domina el latín de Ovidio:
Anda, cree en la existencia de los dioses: ella se ha burlado de mí, después de haberme jurado fidelidad, y el rostro que antes tenía, lo sigue teniendo ahora. Los cabellos tan largos que tenía cuando todavía no era perjura, igual de largos los sigue teniendo después de haber ofendido a los dioses. Antes era de tez blanca y un rosado rubor matizaba su blancura: el mismo rubor brilla ahora en su rostro de nieve. Sus pies eran pequeños: reducidísima es ahora la forma de sus pies. Era alta y hermosa: alta y hermosa sigue siendo. Tenía unos ojos chispeantes: y ahora emiten destellos igual que una estrella; muchas veces me mintió la pérfida poniéndomelos por testigos. Sin duda los dioses eternos permiten también a las mujeres jurar en falso, y su hermosura les subyuga.























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