miércoles, 11 de febrero de 2009

Las ausencias de la gata Eva

Cuando volvió a casa, no estaba.

Eran frecuentes sus escarceos por los tejados, o las casas de sus amigos o vecinos, y no se preocupó.

Pasaron los días, y no había vuelto todavía. No era la primera vez, incluso en una ocasión había empleado un mes en regresar a casa, como si tal cosa.

Pero esta vez la intuición le consumía por dentro. No podía ir a buscarla, imposible encontrarla, y, además, sería romper el pacto de mutua convivencia, en libertad y deseo permanentes, como única norma.

No volvió. Extrañamente, sin avisar, desapareció de su vida, llenándola de vacío.

Nunca quiso sustituirla, ni tampoco, decía, encontraría en el mundo otra tal.

Y aunque sus ojos, ahora más húmedos y apagados, se perdían, autónomos, cuando, siempre erróneamente, presintiese su rastro, jamás quiso luchar por buscarla.

Porque no era humana, pero su decisión, nacida del más puro amor, había sido racional. Equivocada, pero racional.

Él murió al poco tiempo.

Su familia, sus amigos y compañeros, llenaron el momento de su despedida, era un frío día de invierno.

Alguno se fijó en aquella gata negra, estática en el camposanto, que allí quedó cuando todos se fueron.

Pero nadie supo que, antes de que se marchitasen las flores, la gata Eva murió también, sobre el frío mármol de su losa. Su ángel, por fin, dormía con él.

1 comentario:

ourensan@ dijo...

Entra también en mi top 10, pese a lo fúnebre del tema escogido para recordar su adiós, primero, ¿equivocado?, sí, equivocado.