Lo sé, me repito, como los viejos, porque joven ya no soy, ya lo sabéis...¿veis como me repito? Porque varias veces dejé caer que no creo en esto, en las palabras, o poco, más, si cabe, en el silencio, y sí en la mirada, en los gestos.
Hoy, no casualmente, nada es casual, ya es preocupante mi repetición, salieron del armario del recuerdo dos gestos suyos, sencillos, pero grandes.

El primero, aquella vez, anudándome el nudo de la corbata, ella ni lo recordará. No penséis mal, estaba, como tantas veces, flojo, caído, tengo que preocuparme más en mí. El gesto, tan usual, en ella fue un mazazo a un corazón no acostumbrado a ser amado. Llegó, y ya no se va esa cara, ese detenerse anudando, despacio, tranquila, el nudo, cuánto amor en un gesto, y qué inusual en ella. Antes de mí, seguro, se notaba en la práctica, lo había hecho a otros. Pero dudo mucho que nunca antes pusiese tanto amor. Me duele y me alegra recordarlo, ahora, me sonrío sin mover los labios, soy feliz.
El segundo, ya con terceros, su hermano como testigo, otro gesto, incluso más involuntario. Nerviosa, como cuando se ponía muy nerviosa, al levantarse él del sofá para atender una llamada, me dio, le salió, una caricia, una fretiña garimosa en la espalda, no penséis mal tampoco ahora, era "sólo" muchísimo cariño, amor concentrado en un gesto, rápido, fugaz, sincero, que tampoco nunca olvido.

Y, a cambio, uno mío por duplicado. Nunca antes lo había hecho con nadie, no recuerdo: Apoyar mi cabeza en su regazo, como un niño, entre sus piernas. Dos veces, qué nervios, incomodidad suya, la primera, pero la segunda poco menos. ¿Por qué lo recuerdo? No sé, nunca sé nada, otra vez me repito, quizás fuese porque quería sentirla más, o, más bien, decirle sin decir, "
aquí estoy, dependiente de ti, refugiado en ti, confiando en ti, cuídame!". Los nervios del momento, de la situación, me impiden recordarlo con tanto realidad, proximidad, como los suyos, pero no lo olvido, precisamente porque me extrañó que fuera sólo con ella, por primera vez, repetida.
Todo este rollo -¿será éste el post más largo?-, porque hoy, 115 días después, la vi. Y vino a saludarme, deliberadamente, no fue sólo azar. Pensé que jamás me volvería a hablar, a mirarme a la cara, por miedo a reconocer la verdad. De hecho, a punto estuvo de darme la mano como saludo, será el tema de la gripe A. Debió de ser mi mirada silente, fija y tranquila la que la animó a darme dos besos, incluso a preguntarme
¿cómo estás? No sé por qué, o sí, no supe, no quise, no me salía responderle, sólo cerré los ojos y sonreí, con un gesto tan involuntario como sincero. Ojos que se cierran hacen que los demás no te vean, piensan los niños. Supongo que notaría mi tristeza, aunque no quisiera, no podría evitarlo, quizás por eso no respondí, jamás, jamás, la estragegia de la pena, tiene que ser feliz. Aún acerté a preguntar como respuesta un
¿y tú? tan sincero como espontáneo, al que no respondió, no sé, maldita sea, si es verdaderamente feliz o le funciona el
"ojos que no ven, corazón que no siente", y mejor no hablarme, menos mirarme. Pero me pareció ver la maldíta pústula en su rostro, maldita sea, ojalá no, aunque, creo, si no es hoy, es mañana, le toca, o perdí la cuenta.
Lo que sea, será, para todo. Lo que sé, es que hoy mi niña creció un poco, y que deseo, deseo tanto, que sea feliz, siempre, y conmigo.
Por ese orden.