La conocí hace poco más de un año, cuando ingresó en este zoo, con una gran herida a la altura del corazón (sí, claro, los osos también tienen corazón).
Se trataba de una osezna hembra, muy joven todavía, y, por tanto, muy juguetona, pero con grandes alteraciones en su carácter, agresivo en ocasiones, quizás debido al ataque sufrido.
Aunque aparentemente sociable, apenas tenía verdaderos amigos entre los habitantes de este microcosmos que es el zoo, solamente una osezna de su edad, más grande, madura y cariñosa, que había ingresado con ella.
En seguida me convertí en su cuidador principal, y no escatimé tiempo ni esfuerzo en atenderla y sanar su herida. Tanto, que incluso en alguna ocasión mis superiores me reprocharon mi actitud, de exceso de celo y atención para con ella, y abandono, decían, con el resto de animales.
No me importó. Notaba, imperceptiblemente, una relación especial conmigo, aunque no exenta de ataques aislados, y, lo que más me motivaba, la veía cada día más sociable y más recuperada de la herida.
El tiempo me dio la razón. Con la primavera, su carácter se dulcificó, y empezó a dar muestras de afecto. Ya me podía acercar sin miedo, aunque ese privilegio era exclusivo mío, no se lo permitía al resto de cuidadores. Incluso alguna vez esbozó algún gesto de afecto, que sorprendió a propios y extraños, que la conocían de antes.
Eso fue lo que me hizo llegar aquí. Primero, alguna caricia aislada, casi sin roce, ladeando la cabeza a ambos lados, así sonreía ella. Luego, se empezó a dejar acariciar. Y, al final, la desgracia: Un animal salvaje siempre es un animal salvaje, nos lo repitieron hasta la saciedad cuando empezamos este trabajo. No hubo premeditación, fue instintivo. Aquel día, además de sus gestos de cariño ya habituales, se acercó a mí, y, sin pensárselo, me dio un tremendo abrazo. El mortal abrazo del oso, ya no era una simple osezna, había crecido, también físicamente.

Lo peor no fue la breve pérdida de oxígeno, lo peor fueron sus garras acariciando mi espalda. Casi me atravesaron el corazón, casi no lo cuento. De hecho, todavía peligra mi vida, en este hospital donde me trajeron inmediatamente.
Pero lo que más me duele no es morir, sino saber cómo se podrá sentir ella sin mí a partir de ahora.