Me ocurrió a mí, no hace tanto. Era una despedida de soltero, y, claro, acabamos allí, en el burdel más conocido. No lo pude evitar, no llevaba coche. Mientras mis amigos iban desapareciendo con nada dudosas compañías, ya iba rechazando envites a base de mi mala cara, o haciéndome pasar por gay. Con ella no funcionó. Tardó bastante en acercarse, pero llevaba tiempo observándome. No me intentó seducir ni me pidió nada. Sólo me dijo “ven conmigo, no haremos nada si no quieres”.
Sin darme cuenta, estaba sentado con ella en el catre de un pequeño cuarto con lavabo. No sé cuánto tiempo pasamos juntos, sólo hablando, ni dos besos nos dimos, ni al despedirnos.

Ven a mi casa un día, quiero volver a verte, me dijo. Y, días después, me encontré pulsando un telefonillo averiado de un pequeño y viejo piso de la zona vieja. Dentro, poca diferencia con el burdel: rojo por doquier, me recordó la tapicería de aquel Fiat uno turbo, hasta el duro sofá era rojo. Debió de leer mi pensamiento, cuando dijo, como saludo “no te confundas, aquí no sube nunca nadie”. Casi nadie, matizó, algún amante esporádico, nunca de la ciudad, algún fin de fiesta, no más.
Seguimos hablando, sin parar, como el día de nuestro encuentro, sin tocarnos, siquiera rozarnos. Había deseo, los dos lo sabíamos, pero era más fuerte nuestro autocontrol. O quizás fuese simplemente que ninguno de los dos quiso hacer la pregunta, dar el primer paso. A lo mejor fue eso, por romper esa situación, lo que me lanzó a proponerle “vámonos un día fuera”. Así lo acordamos, con tiempo suficiente.
Aquella mañana la fui a buscar, los dos estábamos de vacaciones. Se volvió a atascar el telefonillo cuando llamé. “¿Me traes tabaco, por favor?”, antes de abrir. Era la primera vez, como la manera de recibirme, nada era igual. No sabría explicarlo. No eran nervios, tensión, sino una especie de mensaje de alerta sin causa aparente. Pero, como tantas veces, lo real es invisible a los sentidos. Pudo ser nuestra primera vez. Pero no lo fue. Tampoco fuimos de viaje. ¿Causa-Efecto?. Sin duda. Ella ya había decidido no exponerse, no salir de su entorno, de los espacios que controlaba. Por eso no funcionó, era intuición, ya que sólo hasta muy tarde me intentó justificar su cambio de idea, su negativa.
Ése fue nuestro primer mazazo, el primer golpe brutal a una confianza hasta entonces inmaculada, su primera mentira, supongo, no me miraba a la cara. Y el cuerpo ya lo sabía, anticipó ese mensaje nuevo de “sabes quién soy, mi historia, de dónde vengo, no puedo cambiar”. Quise despedirme, sutilmente, con un hasta pronto, como siempre.
No me dejó, no fui capaz. Es más, desconsuelo inicial al margen, pasamos un día fantástico, inolvidable. Así eran, así podían ser los días cuando ella lo quería, lo deseaba. No me dejó marchar, aquella vez.
Volvimos a vernos, volvimos a tener momentos irrepetibles. Y, quizás por eso, volvió a romper ese invisible hilo de confianza que nos unía. Sólo que, entonces, ya no me buscó, no me vino a buscar. Era lo lógico, lo previsible, meses antes, ya el primer día.
No he vuelto a saber de ella, nada, tampoco preguntado. Hoy, hace tanto, lo recuerdo y lo escribo, no sé por qué. Quizás como un conjuro para evitar desaparecer más de su recuerdo, allá donde esté, con quien esté, quizás para que sea feliz, con quien deba serlo, o con quien escoja, quiera.