domingo, 29 de noviembre de 2009

¿Qué sabe nadie?

Nadie sabe nada sobre el amor. Con esa necesidad humana de clasificar y conocer todo, se ha elaborado una ingente cantidad de estudios, pero ninguno resuelve esa duda universal. Unos hablan de atracción entre contrarios, otros sobre menos prosaicas teorías economicistas de intercambio, otros sobre mera compatibilidad química y hormonal. Y así, una pléyade de teorías, no digamos literatura, al respecto.

Yo mismo he intentado saber qué tenían en común las mujeres que he amado, y no he encontrado esa regla, ese leif motiv, ese aspecto común. Lo que sí tengo muy claro es que, aunque tarde, he sabido cuando estaba enamorado. Y creo que ella también, aunque nunca lo haya reconocido, incluso haya repetido, como Judas, tres veces, lo contrario. Ya sabéis, hasta lo más disparatado, a fuerza de repetirse, se convierte en realidad. Incluso para ella misma, ni os imagináis su capacidad de obstinación, obcecación y autosufrimiento, pero no penséis que es un reproche, sino una característica de su personalidad. Posiblemente provocada por un súbito, inesperado, cambio vital, muerte en vida, cuando confiaba, creía, todo era rosa. Por eso estaba ahí, esperando, expectante, como yo. Llegó sin esperarse y sin avisar, aunque, ahora se ve mejor, el terreno estaba abonado. Los dos odiábamos esa necesidad mutua, esa libertad rota, esa dependencia complaciente. En cada encuentro buscábamos la puerta de salida, pero la realidad hacía cada día más sólida la unión, dificultaba el adiós buscado. Nadie podía ser responsable de un nuevo roto, ya intuíamos las consecuencias. Por eso estábamos ahí, esperando, expectantes, aprovechando el camino, cada día, como si fuese el último. Y para no asumir esa responsabilidad.

¿Es esto un adiós?, me volvería a preguntar, la estrategia repetida, al leer esto. Y, otra vez, le diría, no, es la percepción de una despedida, de tu despedida. Al menos, he hecho todo lo que podía hacer, de nada valdría intentar nada que no saliera de ti, sería demorar un fracaso, le respondería. Además, como también le dije en el primer y reversible adiós, tienes todo el tiempo del mundo. Porque, salvo error, porque nadie sabe nada sobre el amor, cuando es auténtico, es estable, permanente, sobrevive a tiempos y requiebros. O no, o también se resquebraja, como el más grande muro, con el tiempo, la distancia, la indiferencia, el olvido. Pero, sobre todo, con el engaño, que no es otra cosa, no seáis simples, que la pérdida de confianza en el ser antes amado.

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