
"Ojos que no ven, corazón que no siente".
O "lo invisible no es sólo lo invisible, sino lo que no se quiere ver".
Con el botellódromo, la mitad del problema se resuelve. No más ruidos, no inclemencias del tiempo, todo son ventajas.
Y negocio, no en vano está promovido por el incombustible Gonzalo -no va por el incendio de su Café Central- y su inseparable Lola, ex-Irish Clan, de maestra de ceremonias. Eso sí, con el beneplácito de un gobierno local que no legisla, se inhibe en el tema.
Bueno, toleran el botellódromo público de la Alameda, pero desalojaron las Mercedes para las terrazas de los diputados Caldelas y Baltar, e incluso atienden ahora las llamadas de los insomnes vecinos.
No podemos pedir nada más a un alcalde, con minúsculas, ausente de su ciudad los fines de semana, prisionero de un socio de gobierno -Marta Arribas dixit- que "comprende" a sus practicantes.

En tanto siga el botellón, ese invento genuinamente español, público o privado, servirá a sus practicantes, mayormente jóvenes, para olvidar, por unas horas, una realidad que no gusta y un futuro muy oscuro, lo dicho, seguirán acabando ciegos de todo, para poder decir "Ojos que no ven..."
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