Hasta llegar al final, al claro, donde la luz a borbotones irrumpía, obsequiando a las rarísimas visitas con un paisaje descomunal: al frente, el cielo, al fondo, el precipicio. Colocó las manos alrededor de la boca, como para gritar, e, inmediatamente después, se abrazó a sí mism@, fuerte y prolongadamente.Dio la vuelta, y, con su andar erguido y seguro, y su cara igualmente lánguida que a la ida, pero mucho más tranquila, se encaminó al coche, que pareció saludar parpadeando con sus luces cuando accionó el mando desde lejos, como si estuviese acostumbrado a ese ritual de los últimos días.
4 comentarios:
Me encantan tus relatos, todos tienen algo, y todos llevan sensaciones incorporadas.
gn
Ni te lo imaginas.
Me sorprende que te gusten, realmente, porque son hijos de la tristeza y la soledad, y de la tripe D, ya sabes:
Dolor
Desencanto
Desolación
Y porque salen de dentro, son jodidamente sinceros, un deja vu particular.
Gracias por opinar, otra vez.
Y como no van a gustar? no te sorprendas, escribes condenadamente bien.
Eso si, cuando llevan impuesto el sello del dolor, entonces a pesar de su belleza se tornan enormemente tristes.
Un abrazo :)
Gracias, Merce, me sonrojas.
¿Cómo no van a llevar el sello del dolor? Ésa es mi condena, casi una llamada a la muerte, porque, para ser feliz, prefiere estar sin mí. (Conoces su decálogo, ¿no?, mi compromiso, y su punto 7, tan importante como el resto).
Lo dicho, gracias, Merce, un beso son sonrisa, no por amarga menos sincera.
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