Era un pacto cómplice, coordinado, entre los dos, estuviese quien estuviese delante, no le importaba el qué dirán –no me di cuenta hasta ahora-, sin obligaciones ni contrapartidas, que me daba gran tranquilidad y seguridad. Nunca fallaba. Yo, bueno, pocas, pero algunas veces, muy significativas, era inconsciente, andaba en otra bola, o, más bien, estaba deseando que no supiese ni adivinase lo que pasaba por mi cabeza: Cuando fui de vacaciones, para verme con mi ahora ex; cuando volví a marcharme con un pretendiente de vacaciones; y, no es casualidad, también me doy cuenta ahora, cuando coincidimos con otro ex, que se rio del gesto, antes de exhibirse como un pavo real. Él no me decía nada, veía cómo cogía impulsivamente el mechero y encendía yo el cigarro, y callaba, pero con esa mirada cuyo recuerdo hoy me estremece. Sabía más de mí que yo misma, sabía que el gesto fallido, la magia rota, respondía a algo que yo no me atrevía ya no a decir, sino a reconocer. Él sabía mucho de mí. ¿Más de lo que yo quisiera? No sé. Sé que con él siempre estaba segura, confiada y feliz, nunca nada le pude reprochar. Por eso lo abandoné. Sin mirar atrás. También ahora me doy cuenta, mientras enciendo este pitillo.
domingo, 6 de septiembre de 2009
¿Fuego?
Siempre me daba fuego. Incluso antes de sacar el pitillo, él ya tenía el mechero en la mano. Sabía cuando me apetecía fumar antes que yo, era algo casi mágico. No era sólo galantería, ni sólo un juego entre los dos, era más, ahora me doy cuenta. Era una manera que tenía de decirme “estoy pendiente de ti, sin que te dés cuenta”, o “haz siempre lo que quieras, disfruta y decide siempre en libertad, que nadie te la robe, yo siempre te apoyaré”, porque, realmente, no le gustaba que fumase, y menos tanto. Aunque nunca me lo dijo. Pero nunca olvidaré su cara de enorme tristeza cuando le solté, soberbia e irreflexiblemente,“no dejaré de fumar cuando esté embarazada”. Tampoco nada me respondió, él era así.
Era un pacto cómplice, coordinado, entre los dos, estuviese quien estuviese delante, no le importaba el qué dirán –no me di cuenta hasta ahora-, sin obligaciones ni contrapartidas, que me daba gran tranquilidad y seguridad. Nunca fallaba. Yo, bueno, pocas, pero algunas veces, muy significativas, era inconsciente, andaba en otra bola, o, más bien, estaba deseando que no supiese ni adivinase lo que pasaba por mi cabeza: Cuando fui de vacaciones, para verme con mi ahora ex; cuando volví a marcharme con un pretendiente de vacaciones; y, no es casualidad, también me doy cuenta ahora, cuando coincidimos con otro ex, que se rio del gesto, antes de exhibirse como un pavo real. Él no me decía nada, veía cómo cogía impulsivamente el mechero y encendía yo el cigarro, y callaba, pero con esa mirada cuyo recuerdo hoy me estremece. Sabía más de mí que yo misma, sabía que el gesto fallido, la magia rota, respondía a algo que yo no me atrevía ya no a decir, sino a reconocer. Él sabía mucho de mí. ¿Más de lo que yo quisiera? No sé. Sé que con él siempre estaba segura, confiada y feliz, nunca nada le pude reprochar. Por eso lo abandoné. Sin mirar atrás. También ahora me doy cuenta, mientras enciendo este pitillo.
Era un pacto cómplice, coordinado, entre los dos, estuviese quien estuviese delante, no le importaba el qué dirán –no me di cuenta hasta ahora-, sin obligaciones ni contrapartidas, que me daba gran tranquilidad y seguridad. Nunca fallaba. Yo, bueno, pocas, pero algunas veces, muy significativas, era inconsciente, andaba en otra bola, o, más bien, estaba deseando que no supiese ni adivinase lo que pasaba por mi cabeza: Cuando fui de vacaciones, para verme con mi ahora ex; cuando volví a marcharme con un pretendiente de vacaciones; y, no es casualidad, también me doy cuenta ahora, cuando coincidimos con otro ex, que se rio del gesto, antes de exhibirse como un pavo real. Él no me decía nada, veía cómo cogía impulsivamente el mechero y encendía yo el cigarro, y callaba, pero con esa mirada cuyo recuerdo hoy me estremece. Sabía más de mí que yo misma, sabía que el gesto fallido, la magia rota, respondía a algo que yo no me atrevía ya no a decir, sino a reconocer. Él sabía mucho de mí. ¿Más de lo que yo quisiera? No sé. Sé que con él siempre estaba segura, confiada y feliz, nunca nada le pude reprochar. Por eso lo abandoné. Sin mirar atrás. También ahora me doy cuenta, mientras enciendo este pitillo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario