Al principio, el viaje duraba no menos de media hora en tensión. Con el tiempo, la costumbre y el conocimiento, el tránsito al destino, la felicidad, se hacía en un plisplás. Eso sí, siempre con peligros, siempre de la mano.
Aquella vez, sería la costumbre, ella le soltó la mano un momento, siquiera se dio cuenta.Al llegar, su niño no estaba.
Tampoco la playa era tal.
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