sábado, 12 de septiembre de 2009

De la mano

Diariamente, el mismo ritual: ella cogía a su niño de la mano, para llevarlo a su playa, que tanto le gustaba. Y eso que el camino no era nada fácil: atravesar puentes, sortear tráfico, soportar esperas.

Al principio, el viaje duraba no menos de media hora en tensión. Con el tiempo, la costumbre y el conocimiento, el tránsito al destino, la felicidad, se hacía en un plisplás. Eso sí, siempre con peligros, siempre de la mano.

Aquella vez, sería la costumbre, ella le soltó la mano un momento, siquiera se dio cuenta.

Al llegar, su niño no estaba.

Tampoco la playa era tal.

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