Me mirabas tras las cortinas, y, sin verte, te sonreía.
Salías y entras a diario por otras puertas y ventanas, pero mantenías la principal cerrada a cal y canto.

Con el tiempo, empezaste a dejar las demás entradas entreabiertas, para otras visitas, porque, tú lo sabías, yo nunca quise pasar así, por el agujero negro.
Entonces, descorrías cada poco el cerrojo de esa puerta principal, como animándome a entrar.
Yo, sentado enfrente, veía tus movimientos y aguardaba, sonriendo.
Debió de ser la impaciencia, que gritaste ¡Ven!, con el umbral abierto de par en par.
Parecía que te pesaba, que te costaba hacerlo.
Es tu casa, entra y sal cuando quieras, me dijiste, sin darme las llaves.
No quise salir más, sé que lo sabías.
Por eso te creí cuando, al poco, me dijiste ¿cuándo traes tus cosas?.
Al salir por ellas supe que nunca más se volvería a abrir esa puerta para mí.
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