martes, 2 de marzo de 2010

Después de un tiempo, poesía (portuguesa)

Como al principio. Esta vez, a lo grande, con Pessoa (persona, en portugués), Fernando. Y con herejía, provocación. Porque, más que su poesía, que, cierto, me fascina, lo que me seduce y comparto aquí es su persona. Porque no era un poeta a la sazón, sino que en su singularidad veo su originalidad, y, ¿por qué no', elementos en los que me veo reflejado:

- No fue un poeta con dedicación exclusiva, sino que compaginó la creación con actividades mercantiles, como el comercio, la traducción, la publicidad o incluso una pequeña imprenta. Era un poeta en el mundo.

- Renegaba del papel del artista, del creador, y se refugiaba en una escasa y misteriosa vida social, por un lado, y una pléyade de alter ego en los que se multiplicaba, e incluso a los que criticaba.

- Ese papel de espejos y heterónimos no eran si no una irónica reflexión sobre la realidad y su percepción, y también sobre la propia identidad, construida tantas veces por la opinión de los demás, e incluso sobre el sentido de la existencia humana.

- Ayudado por el refugio que en el alcohol encontraban sus reflexiones, y, posiblemente, por un fuero interno de no desear envejecer por no encontrarle mucho sentido a la prolongación de una existencia cuando el soporte, el cuerpo decae, murió joven, a los 47 años.

Pero claro, su obra es la que lo ha hecho inmortal, inolvidable, como quisiéramos todos ser en el recuerdo de los que amamos, y que el tiempo demuestra, tantas veces, que no se consigue, o, lo que es ridículamente peor, transforma en recuerdo adulterado y transformado por su portador por motivos varios.

Dos poemas:

No la que das, la flor que tú eres quiero.

No la que das, la flor que tú eres quiero.
Por qué me niegas lo que no te pido.
Tiempo habrá de que niegues
después de que hayas dado.
flor, ¡séme flor! Si te cogiese avara
mano de infausta esfinge, tú perenne
sombra errarás absurda
tras lo que nunca diste.


El amor es una compañía

El amor es una compañía, ya no sé andar solo por los caminos,
porque ya no puedo andar solo.
Un pensamiento visible me hace andar más a prisa y ver menos,
y al mismo tiempo gustar de ir viendo todo.
Aun la ausencia de ella es una cosa que está conmigo,
y yo gusto tanto de ella que no sé cómo desearla.
Si no la veo, la imagino y soy fuerte como los arboles altos,
pero si la veo tiemblo, no sé qué se ha hecho de lo que siento en ausencia de ella.
Todo yo soy cualquier fuerza que me abandona.
Toda la realidad me mira como un girasol con la cara de ella en el medio.


(Y hoy viene aquí, por su recuerdo, no de él, y porque fue la declamación de su autorretrato lo único salvable de un decepcionante Cerrado por Aburrimiento, de Matarile Teatro, una burda continuidad del fastásticamente fresco y renovador Animais artificias, pero ya carente de factor sorpresa, incluos de originalidad y ritmo, haciendo gala y ganas de su título. Todo ello, aderezado de una pretenciosa autosuficiencia, que se torna artificiosidad que ni a los actores convence, crítica a los críticos y a la política de subvenciones al teatro, que curiosamente posibilita montajes como el de Ana Vallés, que alejarán definitivamente del teatro a los nuevos espectadores. Morir de éxito, se llama eso. Menos mal que siempre nos quedar, aunque mal declamado, Pessoa)

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