Llegó “Hamlet” y llenó el Auditorio con su tragedia. Unos pocos actores –Juan Diego Botto, malo, pero tira, no se echó en falta al digestivo José Coronado-, para deleite de IC almas ourensan@s expectantes, casi lleno, entre ellas, la mía. Buenos, sí, pero tan buen@s o mejores actores estaban entre el público, és@s que se meten tanto en su papel que acaban por creérselo, representando en su vida una comedia, cuando realmente es un drama.

Mereció la pena, otra vez, sentir el alma, es exagerada la crítica de Babelia.
Aún con la historia repetida, el final conocido, ya sabido, el goce, a sabiendas del dolor de la clausura, es grande, es vida.
El argumento, archiconocido: El joven, y por tanto atormentado Hamlet, paradigma de la indecisión y la bondad, sufre en la vida, mientras su antítesis, Claudio, activo y sin escrúpulos, la disfruta al máximo.
Y, aunque vivimos para amar y ser amados, hasta el amor tan grande es condenado por el autor.

En medio, un montón de máximas y citas para la reflexión…a general disposición en internés.
Al final, como siempre el destino decidiendo.
Esta vez, el match point se lo llevó el dolor y la sinrazón.
Visión antigua de la existencia, con la que hoy me siento identificado, mientras aún lloro las lágrimas en vida de Ofelia –qué bella, Marta Etura-, el dolor más grande. Por innecesario
1 comentario:
Estuvo bien la representación, aunque yo no podía estar pendiente.
Ofelia se engañaba, no quiso ver la realidad, y el amor causó la tragedia.
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