jueves, 23 de abril de 2009

¿Mejor no tocar el cielo, humanos?

Siempre me hicieron reflexionar las experiencias de acogida de niños saharauis o de niños ucranianos en familias ourensanas, proyectos sustentados por conocidas personas vinculadas a la derecha, en un caso, por Ledicia Cativa y el supernumerario del Opus Dei, José Manuel Borrajo González, el otro.

Nunca creí en el tópico, novelesco y cinematográfico, de la posibilidad que una persona, extraída del más bajo lumpen social, pudiera llegar y vivir una nueva vida en la mayor de las riquezas y niveles sociales.
Pigmalión
y Pretty Woman, como entretenimiento y esperanza del sueño americano aplicado al amor valen, pero no deberíamos perder la perspectiva de la realidad.

Tampoco, soy brutalmente sincero, creo en las labores sociales y humanitarias de nuestra beautiful people para con el tercer mundo y las ONGs. Todas las fotos de famosos a todo color en papel couché con difterianos, leprosos, sidosos o víctimas del mengue son más irreales y absurdas que las de la ministra de Defensa en sus viajes a las bases militares desplazadas en Afganistán o Kosovo. Otra vez, los señores Brad Pitt y Angelica Jolie, como enésimo publireportaje, muy bien, como realidad, que nadie pierda el norte, por favor.

Porque la realidad es sólo la que vemos, la que nos dan y la que nos interesa ver. Porque nos duele más la muerte de nuestra perrita yorshire, con la que jugábamos a diario, que la de cientos de niños a diario en el tercer mundo por inanición, que ni siquiera vemos ni en televisión.

Porque si fuésemos un mes a colaborar a África, o a la India, nuestra perspectiva de la vida y escala de valores cambiaría radicalmente, se desplazaría nuestra mentalidad consumista por otra más social y comprometida.

Y si nos dejasen vivir un tiempo como los Grimaldi o los Borbones, sin dinero metálico ni papel, sin colas ni peligros, con todo a nuestra disposición antes de pedirlo, el regreso a la realidad de la clase media se nos haría insufrible.

Por eso, las experiencias de traer esos desafortunados niños, por haber nacido donde no debían, al mundo occidental, un mes al año, para luego retornar y pasar el resto entre la pobreza y la desolación, por mucho que pueda satisfacer las almas pías que aquí los acogen, considero se trata de una crueldad, eso sí, socialmente muy bien considerada.

Y, en el campo del amor y los sentimientos, una reflexión similar: Quizás resulte mejor no tocar el cielo, no volar en ese estado de enajenación mental transitoria que llaman enamoramiento, si se percibe real, pero no es correspondido, porque, cuando pase el período de gracia, de garantía, y la realidad asome, brutalmente, el dolor será mayor que el de aquéllos que nunca amaron, que no volaron. Mejor sería, si se puede escoger, el amor distribuido equitativa y racionalmente entre la pareja, para evitar futuros problemas. Aunque, ¿se puede escoger?

No hay comentarios: