sábado, 7 de noviembre de 2009

Testamento

Desconfía, hija, de los amigos de la eterna sonrisa, de los que nunca se enfadan, de los que nunca te aconsejan ni te reprochan nada.

Diviértete con todos, por supuesto, no es necesario que renuncies a nada ni que te enfrentes con nadie. Pero no confíes en ellos, no te dejes embaucar.

Ni en quien no tenga enemigos. Ni en quien continuamente critique a los ausentes. O a aquéllos que nunca sean culpables de nada, sólo víctimas. No bajes nunca la guardia con ellos.

A veces te resultará difícil identificarlos, son cosas que da la experiencia. Porque te rodearán de atenciones y vitalidad, de regalos y lisonjas, que parecen en ellos naturales, parte de su bondad. Todo lo contrario. Son mecanismos de defensa para no ser repudiados, para mantener el vínculo, como en los bebés la sonrisa.

Que no noten que lo sabes, no discutas, tampoco es necesario decirles nada ni parecer distintos con ellos. Sólo evita confiar en ellos, ellos no son el mundo.

Si lo consigues, evitarás dolores, los más grandes, los dolores del alma. Porque, cuando menos lo esperes, cuando más confíes en ellos, cuando tengas la guardia baja, te harán daño, te traicionarán. Y nunca oirás un perdón, grandeza de la que presumen precisamente porque no la tienen.

Pero no te preocupes, dolerá, mucho, pero es parte de la vida, es experiencia que te ayudará a entender lo que ahora te dijo, hija, precisamente por ser como eres, un alma buena.

2 comentarios:

Isabel dijo...

"...A veces te resultará difícil identificarlos... precisamente por ser como eres, un alma buena ."
Ya ves…lo poco que se premia la bondad, de ella se aprovechan… pero yo prefiero el dolor de cuando en vez a perder la confianza en los demás.
:o)

Miguel dijo...

Ya. Supongo que yo también.

Pero nunca hubiera creído que, a mis años, me equivocase tan radicalmente al abrir mi confianza a alguien. Y en llorar, de nuevo, tantos años después, por esa persona.

Saludiños, Isabel.