Y si antes digo que no me gusta engañarme ni que me engañen, ni los príncipes azules, ni los príncipes en general, ni los cuentos, chinos o de cualquier lugar del mundo, ni las hadas ni los angelitos que te dicen "estaré cuando quieras que esté", justo antes de desaparecer, ahora lo demuestro, con esta breve animación en la que descubro, una vez más, que nada es lo que parece ser, siquiera en el mundo Disney. La mejor prueba, la lámpara icono de Pixar, que, al final, ni era tan buena ni tan querida, aunque, en eso sí que, como siempre, las historias infantiles y las normas cristianas obligan, su final es el merecido: el castigo por portarse mal, o, mejor dicho, por no portarse como quisieran se portase sus hasta entonces inseparables amig@s, de l@s que nunca dudó.
2 comentarios:
Me encantan los cortos de Pixar...muy bueno lo que nos has traído hoy.
Un abrazo.
Un abrazo.
Sí, son muy buenos, a veces se confunden con la realidad.
Otro, y gracias, por comentar y por tu comentario.
Publicar un comentario