martes, 11 de mayo de 2010

El pendón del Liceo

No, no es que entre los directivos y trabajadores del Liceo, otrora Liceo Recreo Orensano, haya un/una que destaque sobre el resto, qué va, bueno, la verdad es que no lo sé, dejémoslo ahí, cómo criticar esa cantera de próceres de la hostelería ourensana (Eduardo-Latino, Jose-Bar, Carlos-Lokal, Jose-Cabanillas, entre otros).

Y es que me refiero no a una persona, un ser vivo, -o sí, pero por negligente-, sino todo lo contrario. Es el pendón mortuario que se coloca en el balcón central del Liceo cada vez que fallece un socio.

Ignoro de cuándo es la tradición, seguro que anterior a internet –por cierto, enhorabuena, pronto habrá wifi en casi todas sus estancias-, incluso al teléfono. No encontré nada al respecto en la web ni en la fabulosa publicación que editó en su día Caixanova con motivo del centenario, con la que obsequió a sus penitentes, digo socios. Mayormente puretas, dicho sea de paso, jubilados muchos, en vísperas otros, ociosos todos por eso pagan puntualmente los 35 euros mensuales, que no les llegan, como pasa con los geriátricos, para sostenerse sin subvenciones.

Por eso el pendón se cuelga tan frecuentemente, va de retro, qué menos se merecen, aunque poco lo deseen. Pero así funciona esa centenaria sociedad, presidida ad aeternam por poder absoluto por un anciano presidente, Martínez Pedrayo, y una directiva de paja, donde la juventud ni existe ni se la quiere, y donde la renovación es una palabra tabú, y ahí están los últimos nombres, algunos vergüenza para Ourense y las empresas donde han sido jubilados...parcialmente. Paco, Javier ¿quién os ha engañado para salir en la foto?.

La desgracia será que, cuando sea tarde, ni los más animosos emprendedores –que surgirán como setas, más por el cargo y el presupuesto que por conseguir una sociedad autosuficiente económicamente, abierta a la sociedad y referente social y cultural en la ciudad- serán capaces de recuperarlo. Ahí está la historia reciente del Orfeón, hundido por un negligente presidente, absorbido en su día por el Liceo, y, quien sabe, quizás su próximo absorbente, y el republicano Ateneo de Ourense, definitivamente hundido por el inefable murphiano Fidalgo Santamarina. Ahí está el ejemplo paralelo del Círculo de Lugo como referente, com espejo para aprender, mejorar, si hubiese la más mínima voluntad.

Pero quizás sea demasiado tarde, y ese fantástico edificio renacentista, en poco tiempo, pase a ser propiedad privada. Quien sabe si acaso de sus vecinos, los ahora nobles Domínguez, quienes con tanto gusto y dinero rehabilitaron el palacio de la marquesa de Altagracia. Una pena será no poder volver a entrar por la única puerta giratoria de Ourense a ese claustro irreal, aún sin el humo del prohibido tabaco, y ver como el tiempo se detiene entre sus columnas, fuente, frescos, mobiliario. Una pena, también, por el coste de oportunidad: ¡qué haría Benito Losada gestionando esa sociedad!. Y, también, una metáfora de Ourense, de instituciones personalistas e inmovilistas, que desaparecen con sus sempiternos presidentes. ¿Pasará con la Diputación? Mejor sería.

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