Alguna vez tenía que ser la primera, ¿no?, globalicémonos, que ayer fue el día del libro.
Quisiera, quisiera, escoger un gran libro, el mejor autor. Me referiré, sin embargo, al último publicado por Juan José Millás, “Los objetos nos llaman”, recién leído.Y, como cuando niño -¿dónde se perdió mi ilusión?-, intentaré hacer un resumen, no del contenido, sino de las sensaciones que me ha producido su lectura, como recuerdo a futuro, o para así asentarlo un poco más en mi minimemoria.
Me ha gustado. Son breves historias, fácilmente digeribles, sobre la realidad y la casi realidad, las muchas realidades conviviendo, a veces armónicamente, a veces no, los objetos y cómo los percibimos, la vigilia y el sueño simultaneándonos, la muerte guiñando un ojo a la vida. Todo ese mundo del autor, empapado de humor e ironía, cuan baño de vaselina o protector de estómago incorporado, y con la humildad de reconocer que el mundo es el que ve cada uno, y no el que creemos o queremos ver.
Y, al final, un cúmulo de sensaciones, pena de final, deseos de releerlo antes de acabarse, pero queda la puerta abierta a la reflexión sobre los límites de la realidad y los de nuestra percepción.
No será nunca un Borges, un Cortázar, pero tampoco lo pretende. Ojalá siempre nuestros padres sean los mejores, aunque no lo sean, porque así disfrutaremos plenamente de ellos. Y, con nuestro amor, lo mismo, claro.(No sé si será legal, pero, con la excusa de que todo está en Internet, y que el autor es periodista digital de El País y El Faro de Vigo, entre otros, un día de éstos dejo ahí un enlace con su primer relato…
"Desconfío tanto de lo que pienso, que a veces tengo la impresiónde acertar cuando me contradigo", como cita para abrir boca).
3 comentarios:
Muy buena la cita.. a veces yo también siento esa impresión.
Un saludito!!
Lo raro raro -grimosillo, diría yo-, es sentirse siempre en poder de la verdad absoluta.
Infalible go home!
Un bico de week end!
La Muerta
Cierto día, un compañero de colegio señaló en la calle a una mujer, diciéndome:
- Mírala, está muerta.
A mí me parecía imposible que una difunta se moviera con aquella naturalidad entre la gente. De hecho, sabía que era mentira, pero resultaba excitante creérselo, así que le seguí el juego. Mi amigo me aseguró que era capaz de distinguir a una mujer muerta entre mil mujeres vivas.
-¿Pero en qué lo notas?
- En nada en concreto y en todo a la vez. Si te fijas, van envueltas como en una burbuja de paredes invisibles. Cuando seas capaz de percibir esa burbuja, aprenderás a distinguirlas.
A los pocos días de esta conversación, iba dando patadas por la calle, cuando vi a una mujer dentro de la burbuja. La burbuja la puse yo seguramente, pero la mujer era completamente real. La seguí con disimula hasta la Avenida de América, y luego por Francisco Silvela, hasta llegar a una ferretería en la que entró para salir al poco del brazo de un sujeto muy alto, con bigote a lo Clark Gable. El hombre estaba vivo, desde luego, y no trataba a la mujer como a un cadáver. Al contrario, se acercaba a su cuerpo cuando le era posible, desplazando la pared de la burbuja hacia el otro lado, y le besaba el cuello a través de esa membrana que parecía no detectar. Entraron en un bar que hacía esquina con la calle de Méjico y se comieron un bocadillo de calamares cada uno. Cuando ella alargaba el brazo para tomar de la barra el vaso de cerveza, sacaba de la mano la burbuja sin romperla, del mismo modo que algunos objetos son capaces de penetrar en una pompa de jabón.
Comencé a centrar mi atención en él. Parecía el prototipo de individuo mundano que por entonces yo mismo aspiraba a ser. Una persona con clase, pensaba ingenuamente, debe moverse con la misma naturalidad entre los muertos y los vivos. Aquel hombre actuaba con una soltura increíble y sabía en qué momento tenía que abrocharse y desabrocharse el botón de la chaqueta o pasarse el dedo índice por el extremo del bigote, como para recoger, más que una miga de pan, un pensamiento. Al salir del bar, él la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí con tal violencia que la sacó sin darse cuenta de la burbuja. Entonces abandoné la persecución con la idea romántica de que el amor consiste en rescatar al otro de la muerte, y decidí esperar mi oportunidad.
A los pocos meses llegó al barrio una chica nueva, con burbuja. Era muy joven para estar muerta, pero lo consulté con mi amigo y me dijo que las había de todas las edades.
- Una prima mía de tres semanas está muerta también.
- ¿Y qué dicen sus padres?
- No lo saben. La mayoría de la gente no ve la burbuja.
Me enamoré como un loco, y, cuando logré reunir el dinero suficiente, la invité a un bocadillo de calamares en el bar de Francisco Silvela esquina a Méjico. Luego intenté acercarme para rescatarla de la burbuja, pero no se dejó. Y al día siguiente, cuando pasé cerca de un grupo en el que se encontraba ella, noté que me señalaba con expresión de burla. Estaba presumiendo de haberme sacado un bocadillo de calamares, que para nosotros era una fortuna. Entonces, pese a mi timidez, me acerqué al grupo y, apuntándole al pecho con el dedo, le dije:
- Estás muerta. No vayas a creerte que no lo sé.
Todas sus amigas se alejaron un poco, como con miedo a contagiarse, y desde entonces arrastró una vida solitaria, que yo tampoco intenté aliviar, aunque me lo pedía con los ojos. Se casó con un muerto de hambre con el que asiste a misa de difuntos todas las semanas. Continúa en el barrio, y, cuando me acerco por allí, a ver a mis padres, se hace la encontradiza para que la libere de la burbuja en la que sigue atrapada. Pero ahora, aunque quisiera, no podría, porque yo mismo he ido encerrándome durante todos estos años dentro de una membrana transparente y flexible de la que sólo podría rescatarme una mujer viva.
J.J. Millás, Los objetos nos llaman, 2008
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