viernes, 9 de abril de 2010

Explicar el fraude: Carta a los Reyes Magos

Nada más puro que un niño. Hasta que interacciona con el mundo, su familia, sus iguales, todo es inocencia. Son esponjas que, con independencia de su carga genética, actuarán en el futuro como hayan sido tratados. De ahí la enorme importancia que tiene establecer grandes lazos afectivos, con los pequeños, algo que no guarda relación directa con el tiempo que estemos con ellos, y que tampoco garantiza nada, pero, al menos, como el tabaco en el embarazo, disminuye las posibilidades de perjudicar su futuro.

Emocionalmente, el niño con déficit de caricias, besos, abrazos, mimos, podrá requerirlos continuamente cuando sea adulto, o todo lo contrario, podrá navegar en la absoluta ataraxia y ausencia de sentimientos. Ello lo convertirá en un candidato idóneo a relaciones enfermas, psicóticas, con el otro, cambiantes y reactivas, sólo como una forma inconsciente de intentar mejorar su dañada autoestima. Es por eso que suele cambiar frecuentemente de pareja, sin llegar a tener nunca una estable, con la que se entregue afectivamente, salvo que la domine y manipule continuamente, lo cual facilitaría la convivencia, que no la confianza y entrega. Todos conocemos casos de esta tipología, más frecuentes en hombres, habitualmente "puretas", con jovencitas no precisamente emocionalmente maduras.

Pero esta situación de incapacidad de entrega no es sólo exclusiva de los niños con déficit de afecto temprano. También puede darse en aquéllos que en su infancia tuvieron más contacto, epidérmico, temporal y afectivo con sus padres, en los que confiaban plenamente, y que, sin duda, son generalmente más maduros. También en ellos se pueden encontrar, al romper el cascarón, al interaccionar con la vida, precisamente con los anteriores, con los que entienden el amor como una conquista, como trampolín a una estabilidad social o incluso laboral. En esos casos, pronto o tarde se darán cuenta que el amor, confianza y entrega ciega que regalan, porque así lo han recibido hasta entonces, no es correspondida. Incluso sufrirán el hasta entonces desconocido dolor de la traición, el engaño, que tanto les cuesta ver, por inimaginable antes.

Es cuando se vuelven emocionalmente herméticos, desconfiados de los afectos recibidos, y huyen de amores sinceros. Siguen manteniendo buenas relaciones sociales y muy intensos vínculos emocionales con los de su género, pero no volverán a entregarse en pareja. Dosificarán los encuentros y su duración, recelarán de cada comentario, gesto o contacto, huirán del compromiso antes de que aparezca, y jamás volverán a entregar, a cerrar los ojos, a exponerse a repetir su mayor dolor infligido. Vivirán con su coraza, sus vendas, sin extrañar nada que antes no han tenido, una relación de pareja nunca plena, cercenada por la traición. Les resultará una situación cómoda, a la que se acostumbrarán, y que no les impedirá, más bien todo lo contrario, mantener múltiples amistades, superficiales, e incluso, en su momento, llegar a ser madres. Eso sí, los niños son esponjas para todo, con enorme dificultad o imposibilidad absoluta de poder evitar transmitir a sus hijos, hijo único habitualmente, ese miedo irracional al amor-entrega sin límites con terceros. Para ellas y ellos también va dirigida esta entrada.

Por eso hay que ser muy cuidadosos con las ilusiones de los niños, ya vendrá el tiempo y el mundo para rompérselas. Sólo podemos ayudarles a que ese necesario e inevitable dolor futuro les resulte menor. ¿Cómo? Simplemente estando con ellos, explicándoles las cosiñas, mil y una veces, siempre con una sonrisa y un abrazo, sin infravalorar la importancia que para ellos tiene y sin fatigarnos nunca en el empeño. No sólo por ellos, sino por nosotros mismos, para no reconocer nuestra pequeña parte de culpa, en todo en general, de no haber podido haber hecho algo más cuando lo que más queremos ya no está.

Uno de esos momentos clave de rotura irreversible de ilusiones, pérdida de la confianza y replanteamiento de la nueva relación con el mundo se produce con el descubrimiento del fraude de los Reyes Magos. Es nuestro primer engaño descubierto, reiterado, de quien menos podríamos imaginar. La superación de este trauma, preferiblemente por sus propios verdugos, y no por falsos amigos, les ayudará en sus futuras relaciones personales.

Pero, como ocurre con el sexo, venimos al mundo sin manual de instrucciones, y resulta más fácil ser padre que obtener el carnet de manipulador de alimentos, por poner un ejemplo, y no hacer nada que sonrojarnos ante un niño.

Por eso, esta cartita, la del final de esta entrada, posiblemente la más larga de todas. Léedla y leérsela o dársela antes de que sea demasiado tarde. No os preocupéis por ser entonces responsables de esas dolorosas lágrimas. Siempre son mejor a tiempo y con la mejor compañía que ocultadas y en silencio, transformando la realidad, que nunca es buena ni mala, simplemente es la que es, y no tiene remedio. Que el apuro previo no os impida hacerlo, antes de que sea tarde, de eso no debéis arriesgaros a arrepentiros de por vida, aunque no veáis las consecuencias, la gran excusa para la inacción.

Ojalá os sirva, les sirva, seáis madres o padres, ahora o en el futuro, a vosotr@s y a vuestros seres más queridos, para descubrirles los motivos de vuestro fraude, y para que vuelvan a confiar nuevamente en vosotr@s, y en el mundo y las personas de una forma más madura y honesta.


Los Reyes Magos son verdad

Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:
- ¿Papa?
- Sí, hija, cuéntame
- Oye, quiero... que me digas la verdad
- Claro, hija. Siempre te la digo -respondió el padre un poco sorprendido
- Es que... -titubeó Blanca
- Dime, hija, dime.
- Papá, ¿existen los Reyes Magos?

El padre de Blanca se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.
- Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?
La nueva pregunta de Blanca le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:
- ¿Y tú qué crees, hija?
- Yo no se, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso.
- Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero...
- ¿Entonces es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos-. ¡Me habéis engañado!
- No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen -respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Blanca .
- Entonces no lo entiendo. papá.
- Siéntate, Blanquita, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla -dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.

Blanca se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:

- Cuando el Niño Dios nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:
- ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.
- ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo.
Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:
- Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito.
Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:
- Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?
- ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero. no podemos tener tantos pajes., no existen tantos.
- No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.
- ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración.
- Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños? -preguntó Dios.
- Sí, claro, eso es fundamental - asistieron los tres Reyes.
- Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?
- Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje -respondieron cada vez más entusiasmados los tres.
- Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?
Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:
- Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes Magos de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices.

Cuando el padre de Blanca hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:
- Ahora sí que lo entiendo todo papá. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado.

Y corriendo, se dirigió a su cuarto, regresando con su hucha en la mano mientras decía:
- No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero.

Y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.

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