¿Qué haces? ¡Me estás enseñando tus cartas!¿Y?
Que así, sabiendo tus cartas, te voy a ganar, mira tú.
¿Y?
Se desquiciaba conmigo. Nunca entendió que lo importante no era ganar, sino disfrutar de ese rato, del momento de la partida, de cada mano, del camino.
Ella siempre ganaba, hasta al chinchimonis. Supongo porque era más hábil que yo, que no sólo era por mi escasa concentración, debida a mi tristeza unas veces, otras por preferir eso, disfrutar lo máximo del momento, lo que me quedó, y no centrarme en la partida.
O, quién sabe, ella siempre me dijo que no, por ser un manipulador, en algo tiene que influir la diferencia de edad, dejándola ganar para que disfrutase, fuese feliz, con eso, ya veis, a su manera, y bajase la guardia, descargase la escopeta conmigo. Y, sobre todo, para que tuviese ganas de volver a disfrutar conmigo nuevamente, como repetía, ilusionada, hasta el final. Aunque conociese de antemano todas mis cartas, siempre boca arriba, con ventaja como norma, eran sus condiciones no comentadas, y entonces, no arriesgarse a su gran miedo, la posibilidad de exponerse a una, otra, derrota, perder. Ganar sin arriesgar.
¿Hice mal? Os juro que hice todo lo que pude. No me arrepiento. Salvo del y pese al resultado. Perdí, sí, siempre, pero me quedo con lo vivido, el principio de la nada, ganado perdiendo, sin trampas, en cada mano, cada baza.
Y con el futuro, la cabeza muy alta, sonriente por los recuerdos, y por haberlo intentado todo. ¿Otra derrota? Nunca lo viví así. No, sinceramente, creo que no fui yo quien perdió. Mejor dicho: Estoy absolutamente seguro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario