sábado, 3 de abril de 2010

Deja que la música fluya

Hoy es 11 de marzo. No, no es un error. Porque, aunque suelo publicar cada entrada al tiempo o a las pocas horas de brotar, hoy es diferente. Ella hoy, cualquiera de ellos, 3 de abril, 11 de marzo, qué más da, no estaba, nada supe, sé de ella. Roto, entonces, porque era, fue enfermedad -una lesión, me enteré después- el motivo de su ausencia, y por no poder ser su enfermero. Algo triste, sólo un poco, lo presiento en el tiempo, estaré ese otro hoy, porque, aunque esté a mil, no diez mil, kilómetros, la estará gozando, como hace, ya, un año.

Por eso, siguiendo sus consejos, busco mi sonrisa, que siempre se lleva consigo, en cada despedida, y me deja puesta, con música, que es una de sus recetas anónimas ("deja que la música fluya"). No es del impostor Melendi, el del clavo que saca otro clavo, pero sí del estilo, que tanto le gusta. O gustaba, porque, realmente, si ha cambiado, aún no ha tenido ocasión de demostrarlo, o, al menos, comentarlo.
Huecco
, es el nombre, el título lo obviamos con un guiño.


Ciertamente, las penas con música son menos, y, es así, ninguna a su lado. Envidia, que no celos.

¿Yo? Soy más pureta, ergo más parado. Hoy disfruto con Billy Joel, su Honesty, como himno, letra y música, que le regalo. ¿Cal y arena? Ja, ja, no, por Dios, cerca-lejos, quizás, nada más. Lo verdadero, aún invisible a los sentidos e ininteligible a la razón, siempre permanece. ¿Mal que nos pese?

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