En la terraza, un boxer suelto asusta a un niño, que rompe a llorar. Indignada, su madre increpa al no tan joven que lo estaba acariciando: “Este perro no puede estar suelto. Mire cómo ha asustado a mi hijo. No vuelva a hacerlo”. Él nada dice, sortea el chaparrón en silencio, hasta que marchan.Al volver a la mesa, su, ella sí, joven compañera, le pregunta:"¿por qué no le dijiste que no era tuyo, que sólo lo estabas acariciando?."
"¿Para qué?, respondió. Ella estaba muy enfadada, el niño asustado, se creía con razón, así al menos descargó su rabia. De lo contrario, diciéndole la verdad, sólo haría que se sintiese, además de irritada, abochornada por su error, incluso obligada a pedirme perdón".
En ocasiones, aunque se equivoquen con nosotros, el silencio es la mejor respuesta, la mejor manera de repartir felicidad. Eso sí, siempre siendo radicalmente sinceros, y respondiendo a las preguntas que te hagan, si te las hacen.
Al menos, eso es lo que pienso y aplico diariamente yo.
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