Es una práctica antigua, una rutina muy discutida por impropia en los tiempos actuales, de internet y inmediatez sin control. Y por sentido común: Si las ideas están claras, no habrá cambio de elección, eso sólo pasa cuando hay dudas.Por eso, tampoco al amor le viene bien la reflexión. Porque si es sincero, auténtico, si brota de dentro, no depende de vientos ni de acontecimientos o malentendidos. La reflexión sólo aplaca y mitiga el sentimiento, y, lo que es peor, justifica cualquier miedo, cualquier huída.
Creo que hay dos vidas en la vida humana. No, no, no soy creyente, no me refiero a la terrenal y a la divina, ésa que nos venden como si fuéramos subnormales, y que compramos, creyendo, por nuestra necesidad de seguridad y certeza. Me refiero a la vida antes y después de tener hijos.
Antes, se vive, se disfruta, sin más compromiso que el hedonista, la búsqueda de la felicidad. Después, igual. Sólo que la felicidad pasa por la felicidad de tus hijos y tu pareja, si la tienes. A partir de entonces, la reflexión es inútil. Ni la más racional de las personas soltará nunca la mano de su hijo, nada hará para su amor que pierda su confianza. La felicidad propia gira en torno a la de las personas que quiere, con mayúsculas. Y no cambia con el tiempo, o la separación, el amor verdadero no necesita reflexión.
Votaré, claro, salgo ahora. Porque es un derecho, aunque no valorado, porque parece que ha nacido con nosotros y que siempre estará ahí, como el amor y la salud. Ojalá, así sea, por mí, pero, sobre todo, por las personas que quiero. De hecho, mi voto está decidido: en la papeleta, en letra clara, pondré su nombre.
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